Yo sé lo que necesitas

por | Jun 22, 2022 | INSIDE OUT

Un hombre encontró el capullo de una mariposa y se lo llevó a casa para poder verla cuando saliera de él. Un día, vio que había un pequeño orificio, y entonces se sentó a observar por varias horas, viendo que la mariposa luchaba por poder salir del capullo.

El hombre observó que forcejeaba duramente para poder pasar su cuerpo a través del pequeño orificio en el capullo, hasta que llegó un momento en el que pareció haber cesado la lucha, pues aparentemente no progresaba en su intento. Semejaba que se había atascado.

 Entonces el hombre, en su bondad, decidió ayudar a la mariposa y con una pequeña tijera cortó al lado del orificio del capullo para hacerlo más grande y de esta manera por fin la mariposa pudo salir. 

Sin embargo, al salir, tenía el cuerpo muy hinchado y unas alas pequeñas y dobladas.

El hombre continuó observando, pues esperaba que en cualquier instante las alas se desdoblarían y crecerían lo suficiente para soportar al cuerpo, el cual se contraería al reducir lo hinchado que estaba. Ninguna de las dos situaciones sucedieron y la mariposa solamente podía arrastrarse en círculos con su cuerpecito hinchado y sus alas dobladas… Nunca pudo llegar a volar. 

Lo que el hombre, en su bondad y apuro no entendió, fue que la restricción de la apertura del capullo, y la lucha requerida por la mariposa para salir por el diminuto agujero, era la forma en que la naturaleza forzaba fluidos del cuerpo de la mariposa hacia sus alas, para que estuviesen grandes y fuertes y luego pudiese volar. 

Extraído del libro: «Aplícate el cuento» de Jaume Soler y M. Mercé Conangla.

Cuando estoy identificado con mi ego y mi personaje sale a escena, me comporto como el hombre del cuento: interfiero en el proceso de las personas. Me he encontrado regañando, cuestionando, criticando, enfrentando, adoctrinando a otros, incluso quejándome,  porque no estoy de acuerdo con su comportamiento y quiero que cambie, o se adapte al que yo considero correcto (pero no me hagan lo mismo a mí porque se prende la de vietnam).

Otra actitud que aparece con esta personalidad es la de Marlin -el papá de Nemo- me preocupo exageradamente por la seguridad e integridad de las personas que me importan, al punto de sufrir ataques de ansiedad. Me arrogo una responsabilidad para tratar de proteger a todos los que estén en mi arrecife, y si no lo logro, sufro.

No importa si para la otra persona su situación no representa un problema, si para mí lo es, lo tengo que solucionar.

Este comportamiento me parecía una audacia, me sentía Batman -tiene sentido que sea mi superhéroe favorito-. Lo curioso es que el resultado no era el esperado, SIEMPRE me encontraba con un muro de contención del otro lado. 

Sucede que cada vez que intervenía en algún proceso que clasificaba como negativo, recibía un rechazo contundente de parte de la otra persona. A veces el rechazo venía con discusiones viscerales, otras operaba la ley del hielo, y en general, las personas simplemente mantenían su comportamiento, sin prestarme demasiada atención.

El punto es que no lograba cambiar nada de lo que quería cambiar, y mientras más me esforzaba por cambiarlo, más se intensificaba la conducta. Era como tratar de apagar un fuego con gasolina y no entendía por qué usaba gasolina. Tenía toda la buena intención de ayudar, ¿qué estaba haciendo mal?

Diría Nietzsche: "el camino hacia el infierno está pavimentado de buenas intenciones".

Desde niño he tenido esta necesidad de controlar las situaciones, tenía un mapa mental de cómo debía comportarse una persona y debía seguirlo al pie de la letra.

CAMBIAR AL MUNDO

¡Qué tal arrogancia! -o ignorancia-. Digamos que arrogancia por ignorancia. Tenía esta idea en la cabeza: “el mundo está mal, y yo lo tengo que arreglar. La gente se comporta mal, el sistema no sirve, mis padres no saben ser padres, mis hermanos no se saben comportar, mis profesores no saben enseñar, el presidente no sabe gobernar…” Todo el mundo estaba mal, excepto yo. Para mí, nadie sabía ejecutar su rol eficazmente y yo tenía que ayudarlos.

Por supuesto que me encontraba en una lucha eterna con todo el mundo. 

Imaginemos un boxeador peleando con una pared de concreto. Aguanta el round 1, 2, 3. En el 4° round empieza a cansarse, el 5° round agarra fuerza y sigue golpeando, pero el 6° ya está agotado física y mentalmente, en el 7°, ya no puede más, en el 8° se derrumba, no hay 9°.

Pues llegué a mi 8° round con Andrea, mi roomate. Somos personas completamente distintas en ciertos aspectos y semejantes en otros. Diferimos precisamente en aquellos aspectos en los que me perturbaba y trataba de cambiar a la fuerza. Si ella no hacía lo que yo quería que hiciera, lo hacía yo, pero con la esperanza de que ella lo hiciera la próxima vez. Nunca pasó. Por otro lado, las semejanzas son tozudez, terquedad y obstinación, así que las batallas eran constantes. 

Como no hubo 9° round, tuve que bajar del ring y sentarme en los vestidores a reflexionar: ¿qué estaba haciendo mal? ¿por qué no lograba cambiarla? ¿por qué no lograba que hiciera lo que yo quería? ¿por qué me afecta de tal manera?

Desde cierto nivel de consciencia, todos esos cuestionamientos me los estaba haciendo a mi mismo. En general, todas las exigencias que he venido haciendo desde niño a todo el mundo: los regaños y las recriminaciones, me las estuve haciendo a mí, inconscientemente. Resulta que ese afán por querer cambiar al mundo, porque todo funcionaba mal y nadie cumplía su rol correctamente, era un reflejo inconsciente de cómo me sentía conmigo, de cómo funcionaba yo, y la distorsión de roles que expresaba con mi personalidad. 

COLGUÉ LOS GUANTES

Desistí de la lucha contra el mundo, y me dispuse a enfrentar a la única persona que nunca había cuestionado: yo.

Enfrentarme a mí  ha sido un proceso largo que todavía no he terminado, así que concluir algo a estas alturas sería apresurado. Pero en este tiempo de enfrentamiento, he evidenciado ciertos patrones y motivaciones de mi conducta.

ACEPTACIÓN

Aceptar no fue sencillo. La primera vez que choqué con esas conductas ni siquiera lo asocié conmigo, simplemente decía: “¡qué personalidad de mierda!, ¿cómo alguien se puede comportar así?” Pero mientras más lo negaba más se revelaba. 

Seguí indagando hasta que finalmente llegué. Llegué a ese momento de la niñez en donde entendí las motivaciones de mi conducta, donde prácticamente pude tocar a ese niño y escuchar su lamento, sentir su dolor.

 El dolor se mantuvo un buen rato.

Después del drenaje, me senté con este niño y lo escuché -¡vaya qué sabios son los niños!-. Me dijo que tenía que dejar de luchar, que tenía que aceptarme tal cual soy, que tenía que dejar de fingir, que tenía que confiar en mí, que nos creamos una película de terror y nos pusimos una armadura innecesaria, que yo tenía las herramientas suficientes para ser feliz, solo tenía que creer en mí; que tenía que perdonarlo por sus errores, que él solo era un niño y todo eso le sirvió de aprendizaje, y que tenía que perdonar todas las versiones posteriores porque simplemente estaban en su proceso.

Hechas las paces con mi niño interior, la habitación prohibida que era la base de mi personalidad, abrió sus puertas. Al entrar empecé a identificar, conocer y reconocer todo lo que había ahí adentro: conductas, experiencias y creencias con resultados catastróficos. Aún no daba con las motivaciones para esos comportamientos. Me aventuré a cuestionar un montón de actitudes que hasta ese momento yo creía que estaban bien, un montón de creencias que hasta ese momento yo pensaba que eran mías. De pronto, casi enterradas, en la parte más oscura de la habitación, las encontré. 

Todas esos defectos se reflejaban en las interpretaciones que yo hacía de la conducta de los demás. Y comprendí la causa de mi sufrimiento.

-Estoy seguro que la lista será más larga pero aún sigo escarbando-. Después de darme cuenta de que todo eso era parte de mí, tenía dos opciones: tratar de cambiarlo y enfrentarme de nuevo a otra decepción, o aceptarlo y abrazarlo como un hijo perdido. Decidí encender la luz y quitar los candados de esa habitación, no para eliminar lo que había ahí dentro, sino para seguir conociéndolo y entendiéndolo. 

Entendí que esos defectos son una cualidad en potencia, pero le tenía que dar la oportunidad de brillar, de evolucionar, y la única manera de hacerlo era mostrándole lo que nunca habían conocido antes: la luz. 

Al no conocer estas motivaciones ocultas, no las podía aceptar como parte de mí. Como no las aceptaba en mí, no las aceptaba en otras personas. Cuando las veía reflejadas en el comportamiento de otras personas, estas me hacían de espejo; y tal como dos polos iguales se repelen, yo repelía estos comportamientos. 

Actualmente, confieso que ha habido uno que otro hecho o persona con la cual me perturbo o rechazo, pero inmediatamente me hago la pregunta: “¿qué es lo que no estoy aceptando?», respondiendo esto he descubierto otras motivaciones escondidas en esa habitación. Cada vez voy descubriendo más y más motivaciones y les tiendo la mano para que se acerquen a la luz.

Del mismo modo como me senté conmigo, me entendí y me acepté; me dispuse a sentarme con los demás, entenderlos y aceptarlos. Entendí un montón de motivaciones de la conducta de Andrea (que por cierto no tenían nada que ver con las que yo interpretaba en mi mente) y la pude aceptar y abrazar. 

He venido “sentándome” con algunas personas, en la medida en que los espacios nos permitan entrar en este proceso. Ahora con la guardia de lucha baja, me he encontrado con personas y momentos más satisfactorios, y los resultados pintan mucho más amables.

Con otras personas no lo he logrado, pero ya no busco cambiarlos. No los ando persiguiendo para que me escuchen y me perdonen porque ya yo me perdoné. ¡NO! Cada quien con su proceso. A mí nadie me dijo que debía cambiar mi comportamiento, -o quizá sí pero hice exactamente lo mismo que me hicieron a mi-, el tema es que me di cuenta con mi propia experiencia y con los resultados que iba obteniendo. 

Ahora no ando “ayudando” a ninguna mariposa a salir de su capullo, porque entendí que ese proceso, aunque le cueste, es el necesario para que pueda volar. 

Lo que resistes, persiste. Lo que aceptas, se transforma.

Carl Jung.

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