LA PLANTA

por | May 2, 2022 | INSIDE OUT

Impaciencia, ansiedad, prisa, rigor, exigencia, deseo… Sufrimiento. Todas estas emociones han tenido una gran participación en el desarrollo de mi personalidad desde que he identificado al mundo como un lugar hostil en el que hay que apurar los eventos y evitar prolongar el sufrimiento.

Más allá de mi interpretación inconsciente del mundo, no menos cierto es que existe una narrativa cultural que, cual sazonador, intensifica el sabor de esas emociones. Estas narrativas del tipo: «obtener títulos”, “procrear y perpetuar el apellido”, “estabilidad laboral”, “ser exitoso”, «tener pareja»…, se han integrado en mi inconsciente como un valor irrenunciable e incuestionable.

Esta programación lingüística me ha condicionado a apresurar el proceso tanto como sea posible.

En esa tierra fertil que llamamos mente, yo había sembrado solo una semilla llamada RESULTADOS: entonces, estudiar no significa estudiar, significa título, éxito, metas. Comer no significa comer, significa satisfacción, llenura. Pareja no significa pareja, significa complemento, y también satisfacción, llenura. Trabajo no significa trabajo, significa dinero, dinero y más dinero.

Y me apuré. Cual Forrest, he estado corriendo desde que tengo memoria, con la diferencia de que mis perseguidores no son más que pensamientos, creencias, ideas… productos de mi mente.

Hace unos años, cursando la carrera de Derecho, tuve un profesor de filosofía que no era de mi entera simpatía. En la primera clase nos preguntó «¿qué es el derecho?». A mi mente arrivaron todos esos conocimientos jurídicos, filósoficos y culturales que había venido acumulando desde que conozco la palabra. Después de una retahíla de respuestas por parte de los alumnos, unas más elaboradas que otras, era el turno del profesor quién, sin ningún esfuerzo por parecer más intelectual que sus pupilos, expresó: “derecho es una palabra”. 

Esta obviedad que, en mi mente resolutiva, proporcionaba más cuestionamientos que respuestas, condenó al profesor. Derecho no podía significar derecho, en mi mente significaba resolución de problemas, éxito, dinero…

Esta condena se mantuve por años hasta que la hoja de una planta reveló esa semilla que había sembrado en mi mente hacía tanto tiempo.

La hoja en cuestión, había sido «rescatada» de la calle por mi compañero de piso, y ahora residía en un vaso con agua sobre la mesa de comedor.

Cada vez que me sentaba a comer, veía la hoja ahí, sin más, siendo hoja, sostenida por la estructura alargada del vaso. Conforme pasaba el tiempo, fue saliendo una raíz de su tallo. Cada mañana, presenciaba el milagro de la vida en un vaso de agua. La raíz se hizo más grande y empezó a brotar una hermana. 

Y me pregunté: ¿Cómo una simple hoja en un vaso de agua, podía encontrar un ambiente tan óptimo para vivir, crecer y procrear?

La respuesta que surgió inmediatamente fue: la hoja no tiene mente. Esta verdad rayaba en una obviedad tan grande que mi menta estuvo apunto de condenarla. Pero, por el contrario, la obviedad trajo a mi memoria ese momento oscuro donde mi profesor de filosofía definía derecho como «palabra», sin más. Y la verdad se manifestó tan simple y pura que era imposible cuestionarla.

La hoja no tiene raciocinio para identificarse y definirse en el mundo exterior por lo que no desarrolla deseos ni expectativas. No se apresura a crecer. No aparenta ser una flor o un arbusto. No necesita lograr algo ni ser reconocida, valorada o exitosa…

La hoja es la hoja. Se sabe a sí mima, su ser se expresa tal cual es. Aprovecha, claro está, los recursos necesarios para su expresión material en este mundo sin juzgar, condenar o desear otros. No sufre por el vaso, el agua, el aire, el país, las humanos inconscientes que la rodean… La hoja absorbe, sin apuros, lo que necesita para crecer.

Ahora tiene dos hojas y más raíces. Fue cambiada a una maceta con tierra donde sigue creciendo, sin apuros, miedos ni expectativas de un nuevo receptáculo. Ahora aprovecha estas nuevas condiciones y sigue siendo.

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